La sinvergüencería del despilfarro en El Telégrafo

Lo que se hace con los fondos públicos en el caso de El Telégrafo es pura sinvergüencería.

Y si sinvergüencería es el despilfarro que se hace en ese diario al que eufemísticamente se llama público cuando no es otra cosa que un infamante brazo propagandístico del Gobierno, aún peor es la desfachatez hecha pública por Rafael Correa cuando anunció que inyectará más dinero en esa empresa.

Según un informe de la Contraloría sobre el desempeño de El Telégrafo entre el 2007 y el 2010, tres millones han perdido los contribuyentes, porque las urgencias de Alianza País exigían que se regalen ejemplares .

El informe señala que El Telégrafo tuvo que pagar multas de hasta USD 75000 por retrasos en los pagos a la empresa alemana Koening & Bauer AG (KBA), proveedora de su nueva rotativa. Y como si fuera poco, USD 25 000 a la misma KBA para mantener embodegada la maquinaria, ya que al momento de la entrega, aún no estaban listas las instalaciones de la planta.

Es decir que a los 3 millones que se esfumaron por que alguien decidió que había que regalar algo que no era suyo hubo que pagar USD 95 000 por negligencias de los corazones ardientes.

Si El Telégrafo fuera una empresa privada, los alegres derrochadores de sus dineros hubieran tenido que responder ante la junta de accionistas. Pero como en el Ecuador de las mentes lúcidas parece sobrar la plata, al primer responsable de la empresa no le da empacho de decir que aún va a meter más plata.

Pura sinvergüencería.

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Una respuesta a “La sinvergüencería del despilfarro en El Telégrafo

  1. Una muestra más de aquel muy conocido “pecado capital”: la soberbia y de otro también muy conocido: el orgullo. Solo me pregunto: Si el que sabemos hubiese alguna vez manejado una “tienda de barrio” o su propia empresa, haría lo que está haciendo, invertir en un negocio malo. Pero como el dinero no le pertenece!!!! Claro, y perdón por las palabras, como me joden, entonces ahora YO invierto más plata, que ch….. . Llene Ud. las letras. Bien decían los abuelos: conoce a la gente cuando le duela o cuando se sobre “el bolsillo”.

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