Archivo mensual: septiembre 2010

¿Hubo golpe de Estado?

El Gobierno ha intentado durante las últimas horas proyectar la idea de que lo que ocurrió hoy en el país fue un golpe de Estado. Este intento se hizo más patente desde que se declaró el llamado estado de excepción y la televisión del Gobierno pasó a monopolizar la información televisada gracias a una cadena de radio y televisión.
Pero en ¿en verdad hubo un golpe de Estado en el Ecuador? Yo supongo que para hablar de un golpe de Estado debe haber habido, al menos, el intento manifiesto de derrocar al Presidente para reemplazarlo por alguien. Y en el caso ocurrido este día lo único que hubo fue un deplorable e injustificable acto de insubordinación de los policías que se sentían, justa o injustamente, afectados en sus derechos. Pero la intención de derrocar al Presidente no se expresó en ningún momento y lo máximo que hubo fue la retención de Correa en el hospital de la Policía, a donde llegó por un desatinado acto de imprudencia .
Además, no hay que dejar de tomar en cuenta que el presidente Correa nunca dejó de gobernar. Sí, desde el interior del hospital de la Policía donde estaba, según él secuestrado, el Presidente siguió dando órdenes y gobernando al país. Además, nadie se lo impidió.
En verdad, el Gobierno está intentando esconder bajo la figura del golpe de Estado, las consecuencias de un manejo muy particular del poder. La prepotencia y el abuso del poder en la forma de aprobar leyes, sin tomar en cuenta las observaciones de la oposición y de grupos posiblemente afectados han terminado por explotar por el lado menos pensado. Es ese estilo de administración del poder lo que ha terminado por explotar. Lo que sucedió con la Policía, si bien es absolutamente intolerable y reprochable, fue la consecuencia nada esperada de esa forma de manejar al país.
Ahora, bajo el paraguas del estado de excepción el Gobierno ha logrado cumplir con uno de sus más caros sueños: manejar a su completa libertad la información, por lo pronto la televisada.

Querellas avergonzantes

Es triste e inaceptable que un Jefe de Estado insulte a sus mandantes, pero es trágico que niegue haberlo hecho cuando hay pruebas de que lo hizo. Y lo trágico se puede convertir en cómico –y aún más inaceptable- cuando el Jefe de Estado en su negación utiliza argumentos que uno pensaría que solo pueden ser redactadas por tinterillos de comisaría.
Esto a propósito de la contra demanda por injurias que el presidente Rafael Correa presentó en contra de Miguel Palacios Frugone, el pintoresco y exuberante psiquiatra que preside la Junta Cívica de Guayaquil. Palacios, otro suelto de huesos pero que a diferencia de Correa no es Jefe de Estado, había demandado por injuria a Correa porque éste, en uno de sus shows sabatinos, le había dicho “siquiatra mafioso de Guayaquil”, “perro socialcristiano” y “aniñadito de Urdesa al que se le acusa de violaciones”.
En el largísimo alegato de defensa, no solo que se niega lo que Correa aparece diciendo en videos y grabaciones, sino que para deslegitimar a Palacios se recurre a vivezas de abogadillos para afirmar, palabras más palabras menos, que el Presidente no estuvo en una “sabatina” o que no se menciona de qué país es el presidente en cuestión.
Lo que más golpea es ver a un país al que ya no solo no le sorprende ver a un mandatario insultar semanalmente a conciudadanos suyos, sino constatar la desfachatez de presentar una defensa como esta que, además, va a acompañada de una demanda por 400 millones de dólares en contra del suelto de huesos de Miguel Palacios.

¿Por qué 25% y no 99%?

Los únicos banqueros que deberán vender sus acciones en medios de comunicación son aquellos que tienen más del 25 % de participación. Es decir, que la norma constitucional que dice que los banqueros no pueden tener participación en medios de comunicación solo se cumplirá en un 75%. Aunque suene raro, resulta que esto es así.
Sí, resulta particularmente extraño y hasta sospechoso que la Junta Bancaria haya establecido un porcentaje, en este caso del 25%, para decidir qué banqueros deberán vender los medios de comunicación que tengan y cuáles no deberán hacerlo.
¿Si la Constitución no habla de porcentaje porqué entonces los miembros de la Junta, en su mayoría dependientes del Ejecutivo, establecen la arbitraria cifra del 25%?
Se puede estar conceptualmente en contra de un principio constitucional evidentemente discriminatorio que prohíbe a los banqueros tener medios, pero resulta terriblemente bizarro que los miembros de la Junta hayan escrito una resolución que incluye conceptos que la Constitución no tiene. En efecto, si se revisa con detenimiento la Constitución resulta evidente que no dice una sola palabra sobre porcentajes. Si establecieron la cifra del 25 %, también podían poner la cota de un 99.9 %. ¿O no?
Desde un punto menos conceptual, también resulta que al establecer dicho porcentaje, se está abriendo la posibilidad de pensar, al menos pensar, que habrá ciertos medios cuyos dueños banqueros tienen menos del 25% de acciones y que la Junta legisló con dedicatoria. Simples y puras cochinas dudas.
Ojalá no resulte que la noticia de que Fidel Egas ya vendió Teleamazonas termine siendo la única sobre una venta los medios de comunicación, y que los otros banqueros que también tienen acciones en medios no hagan lo mismo.
Mientras todo sean puras especulaciones, por ahora lo único claro es que, por obra y gracia de la Junta Monetaria, la Constitución solo debe cumplirse en un 75%. Al menos en ese tema.

¿A Fidel se le chispoteó o no?

¿Fidel Castro sufrió un lapsus al decir que “el modelo cubano no funciona ni siquiera para nosotros’ o el periodista Jeffrey Goldberg lo malinterpretó?

La pregunta, sin duda, se la hacen millones de personas que han seguido el coletazo que dio publicación de Goldberg sobre la polémica supuesta declaración de Castro.

La verdad, si se observa atentamente lo que Fidel Castro dijo cuando salió en la televisión de su país para afirmar que había sido malinterpretado, el ex presidente de Cuba nunca rectificó a Goldberg. Más bien aceptó, entrelíneas, haber dicho lo que luego negó.

“Es evidente que esa pregunta llevaba implícita la teoría de que Cuba exportaba la revolución. Le respondo: el modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros. Se lo expresé sin amargura ni preocupación”, dijo Castro, de 84 años. “Me divierto ahora al ver cómo él lo interpretó al pie de la letra”, añadió. “Pero lo real es que mi respuesta significa exactamente lo contrario de lo que ambos periodistas norteamericanos (Julia Sweig también estuvo) interpretaron sobre el modelo cubano”, explicó Castro. “Mi idea, como todo el mundo conoce, es que el sistema capitalista ya no sirve ni para Estados Unidos ni para el mundo, al que conduce de crisis en crisis que son cada vez mas graves, globales y repetidas”, añadió.

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Entretelones de la entrevista con Castro

Mucho se ha hablado, estos últimos días sobre Fidel Castro, sobre lo que aparentemente le dijo sobre el modelo cubano al periodista Jeffrey Goldberg de la revista The Atlantic y sobre su “rectificación” a los pocos días después.
Pero poco se ha comentado sobre Goldberg, sobre cómo reaccionó frente a la “rectificación” de Castro y, sobre todo, sobre cómo fue su entrevista con el legendario líder de la revolución cubana.
Goldberg quien se mantuvo firme en su versión sobre la declaración de Castro, nunca buscó entrevistarse con él sino que, muy por el contrario, fue invitado por el propio dirigente cubano a mantener una conversación con él.
La historia la cuenta el propio Goldberg en su blog en The Atlantic. Ahí cuenta que mientras estaba de vacaciones en la elegante Martha’s Vineyard sonó su celular y que quien lo llamaba era Jorge Bolaños, el jefe de la Sección de Intereses Cubanos en Washington. “Tengo un mensaje de Fidel para usted”, le dijo Bolaños, lo que, según Goldberg le hizo quedarse de una pieza. “Fidel ha leído su artículo en Atlantic sobre Irán e Israel y lo invita a la Habana el domingo para discutir el tema”, le dijo Bolaños. Goldber sostiene que, como siempre está ansioso por conversar con los lectores de la revista, aceptó la invitación, no sin antes pedirle que lo acompañe a una amiga del Council on Foreign Relations (un think tank independiente que estudia temas internacionales), Julia Sweig quien es experta en Cuba y América Latina.
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Accionistas del PP a la fuerza

Lo único más patético que la aparición del periódico popular del Gobierno es el hecho de que los ecuatorianos hemos sido forzados a ser sus accionistas.

A cuenta de que a algún iluminado se le ocurrió que la Patria necesita de un diario “que diga la verdad” y que “inunde los hogares con noticias alegres”, se creó una empresa financiada con el dinero de los contribuyentes a quienes jamás se consultó y a quienes nunca se les informará ni sobre cómo se manejan sus dineros ni sobre cómo se nombran a sus directivos.

Y es que el caso de ese diario es paradigmático. Existe en el Ecuador un perverso discurso sobre lo público que, en casos como en el diario popular, pretende elevar a los altares a cualquier producto “estatal” por el hecho de que pertenece a “todos”. ¿Qué tan pública puede ser una empresa si los accionistas no tienen derecho a informarse sobre cómo se manejan los fondos ni pueden intervenir en el nombramiento de sus directivos? Entre los fetichismos está el de concebir que tras lo estatal hay un ser celestial que siempre velará por el bien de todos. ¿Qué tan público es Petroecuador si nadie sabe sobre cómo se manejan sus cifras? ¿Qué tan público es El Telégrafo si nunca ha presentado sus cuentas a sus dueños?

El caso del periódico popular desafía a los más audaces y alucinados conceptos de lo público. Su contenido, salpicado de farándula babosa y veladas venias al Gobierno, no es más ni menos que lo peor que los medios privados han publicado durante muchos años. Y ahora a todos nos taca ser sus dueños.

¿Podía la prensa ignorar a Jones?

El lunático pastor Terry Jones tiene todo el derecho a quemar el Corán o cualquier otro libro, sea este considerado sagrado o no.  El requisito que Jones debe cumplir, si iba a hacer la quema en un lugar público, era un simple permiso de los bomberos. Nada más.

En efecto, cualquier persona que ha vivido en los Estados Unidos puede coincidir con todos los constitucionalistas de ese país quienes han afirmado que la Constitución de ese país garantiza la horrorosa iniciativa de Jones, aunque ésta sea, como ya lo dijo el presidente Barak Obama, la peor de las decisiones.

La verdadera discusión está en si una iniciativa como la Jones, garantizada por la Constitución, es la más conveniente o no.

Pero lo que más llama atención en este caso es cómo este triste personaje ha puesto al mundo en vilo, a tal punto que el presidente Obama tuvo que salir a pedirle que desista de su intención, como en efecto lo hizo.

¿Cómo hizo Jones para pasar de ser el oscuro guía espiritual de una mínima congregación de alucinados en un toda una celebridad mundial? La interrogante hace que los dedos apunten, inmediatamente, a los medios de comunicación. La propia Hillary Clinton, secretaria de Estado, dio un tirón de orejas a los medios por haber prestado tanta atención al señor Jones.  Sin embargo, la nueva realidad mediática hace que el tema no sea tan simple.

La más importante organización noticiosa de los Estados Unidos, la Associated Press, dijo, antes de que Jones se retracte, que no iba a cubrir la famosa quema. Pero ¿podían los medios tradicionales evitar la celebridad de Jones sin cubrir un hecho como éste si ahora cualquier persona con un celular puede transmitir la foto de la quema y encender un conflicto internacional?

 Kevin Lerner, uno de los más destacados historiadores del periodismo en los EE.UU., sostiene que la nueva era de la comunicación nos remite más bien a la antigüedad, en la época anterior al aparecimiento de los medios masivos cuando un pueblo podía transmitir oralmente sus propias noticias sin la mediación de un periódico.

Evidentemente, el rol de los medios tradicionales en un mundo donde la gente cada vez los necesita menos para recibir noticias ha cambiado notablemente. Hank Klibanoff, profesor de periodismo de la Universidad de Emory y premio Pulitzer sostiene que la nuevo función de los medios está en hacer curadurías o guiar a la audiencia en las discusiones que tienen lugar a lo largo de la vasta esfera digital.

La vieja discusión de los medios, sobre si se debe o no cubrir determinados hechos parece quedar, poco a poco, enterrada. Ahora, la discusión apunta a cómo cubrirlos.